miércoles, 28 de octubre de 2009

¿Qué hacemos cuando evaluamos?

Evaluar es una acción. Toda acción pone en evidencia al agente, le otorga, digamos, una identidad. Ya lo decía el propio Dante: “Nam in omni actione principaliter intenditur ab agente, sive necessitate nature sive volontarie agat, propriam similitudinem explicare. Unde fit quod omne agens, in quantum huiusmodi, delectatur; quia, cum omne quod est appetat suum esse, ac in agendo agentis esse quodammodo amplietur, sequitur de necessitate delectatio, quia delectatio rei desiderate semper annexa est. Nichil igitur agit nisi tale existens quale patiens fieri debet”.(Porque en toda acción, lo que intenta principalmente el agente, ya actúe por necesidad natural o por libre voluntad, es explicar su propia imagen. De ahí que todo agente, en tanto que hace, se deleita en hacer; puesto que todo lo que es apetece su ser, y puesto que en la acción el ser del agente está de algún modo ampliado, la delicia necesariamente continúa, así nada actúa a menos que haga patente su latente yo.)


Los hombres se distinguen a partir de la acción. Cada uno de los hombres en tanto agentes, actuan frente a la humanidad, frente a los otros hombres, en la esfera política, y a partir de su actuación, determinan su ser.
Evaluar es una acción que opera sobre la determinación de una expectativa. La acción de evaluar requiere en ese sentido la construcción de un parámetro de evaluación, de un ideal a alcanzar. La posibilidad de evaluar implica la posibilidad de un conocimiento analítico sobre una determinada realidad. Todo proyecto, en ese sentido, debe tener claro sus objetivos y metas, la razón que lo constituye. El conocimiento de ese qué determinará si las actuaciones fueron efectivas y demuestran o no haber alcanzado esas determinaciones.
Ahora bien, de esto se deducen algunas efectos particulares. Toda evaluación pensada en ese sentido es una comparación. Es la determinación del ideal platónico de relación entre la idea o forma y la cosa. Cuando evaluamos determinamos en qué medida la cosa a evaluar se parece a la idea o el parámetro de evaluación. En ese caso, la evaluación se fundamenta más sobre la erudición que sobre la genialidad. Puesto que si se repiten correctamente los parámetros serán correctos, cuando la genialidad implica la necesaria ruptura de todo parámetro y de todo criterio previo. La genialidad es incomprensible desde la perspectiva platónica de la evaluación.
De esto se deriva otra cuestión: ¿toda evaluación es arbitraria? Como toda evaluación se fundamenta sobre una determinada clasificación y determinación del universo cristalizada en un proyecto particular, y como dichas determinaciones son subjetivas, podemos concluir que toda evaluación es conjetural, y por lo tanto arbitraria. Esta circunstancia debilita el sacrificio de la genialidad, la construcción de parámetros y de objetivos. ¿Cómo sabemos que nuestros objetivos son adecuados? Platón decía que el único que conoce la verdad era el filósofo y por lo tanto debía gobernar. ¿Cómo sabemos quién es filósofo? Borges, en «El idioma analítico de John Wilkins» propone la siguiente clasificación de animales:
[a] pertenecientes al Emperador,
[b] embalsamados,
[c] amaestrados,
[d] lechones,
[e] sirenas,
[f] fabulosos,
[g] perros sueltos,
[h] incluidos en esta clasificación,
[i] que se agitan como locos,
[j] innumerables,
[k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello,
[l] etcétera,
[m] que acaban de romper el jarrón,
[n] que de lejos parecen moscas.
Esta clasificación es tan arbitraria como la clasificación aristotélica entre género y diferencia específica, independientemente de utilidades que puedan deducirse de la aplicación de una o la otra. Lo que se evidencia en cada uno es el agente y su intención: "el mundo se encuentra plagado de buenas intenciones".
Todo proyecto es un bosquejo de la realidad que queremos y anhelamos. La Universidad acredita sobre un determinado proyecto, negando la prolífica diversidad, aniquilando todo lo distinto. Incluso la genialidad incipiente.

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