martes, 8 de septiembre de 2009

Sus notas no son satisfactorias


Cuando Foucault afirma que el examen convierte las situaciones de saber en situaciones de poder, está suponiendo que la actividad de la evaluación tiene la función política de perpetuar una determinada ideología.
El saber y el poder se confunden. La Universidad actual no escapa a este mecanismo perturbador. Bajo el impacto de las políticas neoliberales, se encuentra sometida a un proceso de cambio que impone una desviación de la mirada tradicional hacia una concepción pragmática y mercantilista de la educación académica. Entre estas dos fuerzas opuestas, protagonistas del poder y del saber, se produce una agitación que lucha por resolverse. Sea cual fuera la resolución de esta tensión, sea cual fuera la síntesis de esta dialéctica, con nuestra aceptación o nuestro desprecio, sobrevivamos o no a ella, la potencia de la evaluación, del ojo que vigila y castiga, seguirá mezclando en la argamasa del mundo el saber y el poder.
El propio Nietzsche afirmaba, en su voluntad de poderio, en concordancia con las palabras anteriores, que la verdad es aquello que los aristócratas dicen que es la verdad, moviendo el debate del plano político hacía el centro del plano gnoseológico mismo, convirtiendo toda situación de poder en una de saber, y en el mismo movimiento, lo inverso, atenea guerrera, erguiendo el saber mismo como una lanza o como una sencilla música poderosa que amansa las fieras y somete a los hombres.

 La universidad, como parte de ese engranaje, debe certificar determinados conocimientos no con una finalidad pedagógica y altruista de formar estudiantes, sino como parte de un programa político que legitima su accionar como entidad educativa y legitima sujetos que esas instituciones forman. Formar es formar para.
El mecanismo de evaluación, según Foucault, conlleva a partir de las actividades realizadas una suerte de "ceremonia de objetivación" donde el producto se torna un caso particular y por tanto analizable. A partir del examen uno se somete a la mirada del panóptico. Lo evaluado queda bajo la mirada del otro que escruta.
¿Y cómo afecta esta trama a los profesores? En última instancia, son ellos los que ponen las notas. Estos pobres hombres son la medida de todas las cosas, por lo menos de las que ocurren bajo sus ojos. ¿Son ecuánimes? Pierre Bourdieu afirmaba que la reproducción social era discriminativa, cuando junto a Passeron en "Los herederos", sostiene que los profesores evalúan sin considerar la falta de acceso de la clase social baja a bienes culturales socialmente reconocidos, cuando los instrumentos de evaluación fueron, generalmente, pensados sobre estos bienes culturales. Entonces, sin duda son ecuánimes: de acuerdo a sus parámetros conservadores de un régimen que tiende a perpetuarse ¿Pero son conscientes de sus presupuestos?

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